martes, 17 de abril de 2012

Cuando un niño de tres años dice que su mesa está enferma, probablemente crea que lo está. Si ese mismo niño, treinta años después, dice que la mesa de su oficina está enferma, habrá creado un hermoso diagnóstico.

Cuando incorporamos nuestra infancia a la vida adulta, la coloreamos y la expandimos. Creer que la madurez implica aniquilar al niño nos condena a frecuentar un mundo en blanco y negro.

Animo a todos los señores y señoras a que se acerquen a la literatura infantil. Hay tanto por descubrir allí como en los más exquisitos tratados.

Buena suerte.